Holanda se empieza a hartar de ser el paraíso del porro

Pero ni la maría libre ni Holanda, para qué les voy a engañar, me quitan el sueño, ni la noticia me interesa si no como confirmación de que la progresía está tocando fondo.

La Haya se ha convertido en la primera ciudad de los Países Bajos en prohibir el consumo de cannabis en algunas áreas, dando un primer paso de marcha atrás a una política que convirtió a Holanda en el paraíso de los yonquis europeos. Allí, la posesión de cannabis, su consumo y su reventa al pormenor – hasta cinco gramos – son legales desde 1976.

El drama de la derecha en nuestro tiempo se resume en dos leyes de hierro que se cumplen con exasperante exactitud:

1. La derecha siempre tiene razón cada vez que se opone a una nueva iniciativa (léase: locura) de la izquierda, y sus pronósticos pesimistas sobre todo lo malo que va a suceder en consecuencia se quedan, si acaso, cortos.

2. Con el paso de cierto lapso de tiempo -cada vez más corto-, la derecha acaba dándole la razón a la izquierda (que, como hemos dicho, no la tiene nunca), convirtiéndose así en cómplice de los mismos desastres que ha pronosticado.

Lo vemos hoy más que nunca en España, donde el partido más a la derecha del arco parlamentario -aunque eso no es decir mucho-, el Partido Popular, se ha opuesto a todas las medidas de ingeniería social de su principal rival, los socialistas, desde el divorcio express al aborto, pasando por su ampliación y el matrimonio de personas del mismo sexo, para acabar abrazando con la pasión del converso todas esas causas.

“Un tipo hasta arriba de porros puede ser soportable; una legión de emporrados diaria no hay vecindario que lo aguante”

Aquí en Madrid, desde donde les escribo, tenemos (por el momento) una presidente que ha ido más lejos que nadie en estos disparates de la modernidad, haciéndonos comulgar con la intragable rueda de molino de la teoría de género, de la que, como los holandeses con su paraíso libertario de la droga, nos arrepentiremos amargamente.

Aquello iba a ser la bomba. Lo de Holanda, digo, y los primeros años, incluso décadas, era de rigor volver de allí contando a los paletos españoles que aquello funcionaba maravillosamente (“son europeos, ya sabes: otra cosa”) y que eso de prohibir las drogas solo alimentaba a las mafias y alentaba la corrupción y qué sé yo.

Pero los cuentos de hadas están bien para los niños, aunque la izquierda pretenda actualizarlos para todos los públicos y, en tantas ocasiones, cuelen. Y por muy holandeses que sean los holandeses, la droga corriendo libre trajo lo que suele traer consigo. Un tipo hasta arriba de porros puede ser soportable; una legión de emporrados diaria no hay vecindario que lo aguante.

“Lo que sí espero que toque fondo de una maldita vez es esa gigantesca y nefasta mentira que fue la Revolución Sexual”

Pero ni la maría libre ni Holanda, para qué les voy a engañar, me quitan el sueño, ni la noticia me interesa si no como confirmación de que la progresía está tocando fondo, descubriendo que el sueño utópico que les prometían los ‘niños de las flores’ de Woodstock y los estudiantes burgueses de la Sorbona (“la primera vez que los burgueses -estudiantes- atacan a los proletarios -policías- en nombre de la revolución”, como apuntó no recuerdo ahora quién) es como una borrachera de la que uno se despierta sin blanca y con una horrible resaca.

Lo de las drogas, por otra parte, me parece un asunto muy menor; después de todo, a Holanda no la ha imitado sino ahora, tantos años después, algunos Estados de Norteamérica. Lo que sí espero que toque fondo de una maldita vez es esa gigantesca y nefasta mentira que fue la Revolución Sexual.

Estudios gráficos de Leonardo da Vinci sobre la vida humana intrauterina / Wikimedia

Su efecto puede, sin exagerar, compararse con el de un bombardeo atómico. Algunas víctimas son fáciles de contabilizar: esa masacre de niños eliminados en el vientre materno que se ha convertido en siniestro sacramento de la modernidad, por ejemplo. Porque el sexo nunca puede ser ‘libre’, en el sentido que dan los utópicos a esta palabra, porque tiene consecuencias naturales muy serias, con lo que solo puede forzarse a que lo sea con procedimientos químicos e industriales y, cuando estos fallan, eliminando las consecuencias en forma de diminuto cadáver.

No se pueden contabilizar, en cambio, todos los que no llegaron a engendrarse, también como consecuencia de esa visión meramente recreativa del sexo, que nos ha convertido en un continente en alerta roja demográfica; ha pulverizado la institución familiar, ha extirpado la inocencia de la infancia, ha banalizado las relaciones entre hombres y mujeres o, en el caso extremo del feminismo, las ha convertido en un duelo sin cuartel a cara de perro.

Y esto, de verdad, ya no da más de sí. Las cabezas lúcidas deberían atreverse a confesar que el experimento, como en el caso holandés, ha sido un fracaso y tratar de darle la vuelta si aún estamos a tiempo. Que empiezo a dudarlo.

AUTOR: CANDELA SANDE

FUENTE: ACTUALL

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