Por qué soy liberal, pero no capitalista (por Miguel Sepúlveda)

«Este mundo de ideas llevaba a la creencia liberal de que la economía de mercado libre podía ser mantenida por el interés de cada uno»

Wilhelm Röpke

 

El empresario como fetiche

Sería cándido de mi parte empezar estas líneas con una síntesis sobre las ventajas de la economía (social) de mercado. Chile es el mejor ejemplo de cómo una pincelada de libertad económica puede cambiar el destino de una nación. Sin embargo, quiero expresar mi inquietud respecto de la fetichización del empresariado. Esta costumbre se ha vuelto algo común en nuestro país, donde empresarios y gremios se han achanchado al alero del Estado. No es de extrañar entonces que, desde el liberalismo chileno contemporáneo, la defensa corporativa «a brazo partido» se ha impuesto por sobre los principios. Algo que hacen incluso para avalar prácticas que contravienen el marco institucional que dicen defender.

Impropiedades semánticas

En mi opinión, el error pasa por la importación de discusiones del mundo anglosajón, las que contrastan con la historia y realidad mercantil chilena. Planificación centralizada, crony capitalismalertness, burocracia, punibilidad de la recaudación tributaria y derogación de las leyes antitrust, son parte del mantra victimizador de la clase empresarial. Esta importación, ya tradicional, provoca impropiedades semánticas. Esto porque los conceptos de empresario y empresarialidad cargan una mochila peyorativa mucho más liviana en el Reino Unido y Estados Unidos. Por eso no debemos analizar al empresario y al capitalismo como antagonistas de la estatalidad, sino como su aliado y hasta como un legislador paraestatal. Ya lo advertía Andrés Bello en 1846, cuando desacreditó la doctrina del laissez faire, en la que: «[…] todos concurren sin embargo al gobierno en solicitud de auxilio para todo jénero de empresas, i de trabas o prohibiciones contra la concurrencia de afuera […]» (sic).

El empresario: capitalista, pero no tan liberal

Asimismo, conviene deshacerse de los conceptos de empresario, empresariado y empresarialidad para defender la libertad económica. En primer lugar porque el liberalismo es proclive al libre mercado y la competencia, mas no se debe abanderizar por la empresa ni sus factores de comercio. En segundo lugar, debido a lo anterior, el gran empresariado chileno no es más que una élite económica, corporativa y monopólica. Ella concentra una vasta posición en el sensible mercado chileno, obstaculizando la entrada de nuevas alternativas y marcando la pauta legislativa. Negarlo es ingenuidad y patudez. Por último, porque históricamente las élites económicas no tienen cabida en el correcto liberalismo y así debe ser.

Tal como señalan Giorgio Boccardo y Carlos Ruiz en Chile bajo el neoliberalismo, el poder empresarial chileno adquirió una impronta tal que los hace estar «investidos de un inusitado poder para incidir en la dirección cultural y moral de la sociedad chilena. Efectivamente, la legitimación alcanzada por este empresariado al frente del modelo neoliberal les ha permitido influir, como no ocurría en mucho tiempo de la historia nacional, al menos desde el periodo de dominación oligárquica de finales del siglo xix, en ámbitos que superan con larguezas el quehacer estrictamente empresarial». De ahí que el historiador español Lucas Beltrán apunte que el liberalismo perdió la capacidad de ofrecer valores y emociones. La única prenda de garantía que le queda es la eficiencia y la productividad. Con eso no basta para crear politicidad o reformular el liberalismo que hoy vive.

Principio de conjugación

Röpke es certero al afirmar que «se tiende demasiado a confundir lo secundario y variable con lo que es básico; lo accesorio con lo esencial». La prudencia y una correcta aplicación de los principios nos llaman a recuperar lo esencial. En términos de defensa de la actividad económica, esto se manifiesta en el Principio de Conjugación, «según el cual los que dirigen el proceso de producción son quienes disfrutan los beneficios o soportan personal e íntegramente el daño del fracaso, y, a la inversa, los que aceptan las posibilidades de ganar o perder son quienes dirigen la producción». Imaginación, creatividad y competencia, algo que lo que nuestras élites oligopólicas no pueden preciarse. De ahí la necesidad de contar con un orden que pueda resistir la contrafacticidad del lumpen empresarial. Por eso soy liberal y no capitalista. La técnica ha de estar al servicio de la praxis societaria.

 

AUTOR: MIGUEL SEPÚLVEDA

FUENTE: EL LIBERTARIO

 

Un comentario en “Por qué soy liberal, pero no capitalista (por Miguel Sepúlveda)”

  1. Muchas palabras y pocas explicaciones. El liberalismo perfecto no existe, no hay libre competencia, los mas fuertes se comen a los mas débiles, sin posibilidades ante tanto poder.

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